El sentido de vivir

¿Cuántas veces he dicho -y lo han repetido algunos de mis personajes- que la única obra de arte que quiero dejar firmada es mi propia vida? ¿Y cuántas veces he deducido que, en consecuencia, "¿Cómo vivir?" es la única pregunta para la que quiero tener permanentemente respuesta?

La existencia, el valor radical.

Cómo cuajarla en vida satisfactoria y fecunda, la tarea primordial en la que procuro verter mi inteligencia.

¿Cómo? Profundizando en la libertad, escogiendo, arriesgando, optando... para darle a mi existencia sus propias circunstancias. Y pagando los precios, inevitables.

A partir de ello, dándole sentido a la vida, procuro que arraigue y fructifique en mi huerto un cada vez más tupido racimo de valores en que poder, riqueza, ambición, popularidad, éxito... no dicen nada; mientras que progresivamente pesan más motivos como naturaleza, compañera, amistad, placer, sosiego, disfrute de lo bello/bueno, gozo de lo cotidiano, mirada solidaria al mundo que padece y lucha... Tal es el sentido de mi vivir.

El sentido de escribir

Para esa existencia que quiero -que vivo- escribir es igual que respirar, igual que amar, que comer, que pasear, que conversar, que leer, que pensar, que reír, que jugar, que disfrutar la luna llena sobre la bahía, que saciarse del canto de los ruiseñores por mayo en la albufera, o del silencio de la noche, o del cine de Eisestein o de la música de cámara de Dvorak... Una posibilidad en el vivir. Un placer asequible.

Y como tal, cada vez más, lo abordo: el escribir, como un hecho contingente y placentero; en función del día, en función del momento. Lejos, cada vez más lejos, de cualquier ambición, de cualquier pretensión trascendente, de cualquier voluntad de perduración, de cualquier sueño o propósito cuya consecución exija navegar en aguas que acarreen al ánimo desasosiego, desazón, inquietud o zozobra.

Marta, la protagonista de mi próximo trabajo Mientras cenan con nosotros los amigos lo expresa así: "No es de sabios hacer del escribir -sazonado racimo de la vida- sobresalto de ambiciones que quebrante el pulso al firmar en última instancia el libro de la existencia propia".

Tal es el sentido de mi escribir. (También por esto se paga un precio inevitable en la república de las letras).

En pos de un mundo literario propio

Y sin embargo, esta adscripción del hecho de escribir a la plenitud del vivir cada día, nada resta a la exigencia, al rigor con que se aborda el trabajo del arte literario.

Como les pasa a muchos, supongo, el inicio en la escritura fue para mí una pura efusión de la emotividad acumulada. Por ello sus motivos nacían en manantiales próximos: la propia infancia, el territorio propio, las gentes del entorno... Se configura de este modo una etapa de mi producción en la que Castilla y lo castellano tienen preeminencia. (Una vez había un pueblo, Donde la vieja Castilla se acaba, la Sierra del Alba...). Hay quien ha escrito que la concesión del premio Miguel Delibes de narrativa castellana (1986) fue la justa culminación para este período. Está bien, puede leerse así. Pero personalmente opino que este tipo de premios responden a hechos meramente circunstanciales.

Después viajé; viajé todo cuanto pude. Y en esos viajes, como siempre ocurre, fui descubriendo historias y personajes de tanta fuerza que desde el primer momento supe que acabaría escribiendo sobre ellos. No escribiendo sobre ellos, acabé poniendo mi pluma a su servicio. Es la etapa de La historia de San Kildán o El día en que lloró Walt Withman, Almirante Montojo & Conmodre Dewey...

Desde ese tiempo nunca dejé de mirar al mundo exterior para nutrir mi propia literatura. Pero introduje una variante -sutil, pero fecunda variante- ya no buscaba motivos merecedores de ser contados, sino personajes e historias en los que yo descubría simbolismos acordes con el sistema de valores que en mi mundo interior iba albergando. Y no les prestaba, sin más, mi pluma. Decía esos personajes y contaba esas historias de forma que su función simbólica fuera la que impactara al lector. Una casa en la orilla de un río inaugura este trabajo, que continúa abierto.

Desde hace un tiempo -que coincide con el de mi asentamiento en Mallorca- la búsqueda persistente de un mundo literario propio ha dado un giro de tuerca más. Ya no es el mundo exterior la fuente primigenia de mis motivos. Es mi propio mundo interior -consciente, cultivado, apasionado- el que demanda el canto. Y a su servicio invento las historias. (Sé que pronto deberé añadir "y los poemas". Porque en la medida en que ese mundo interior se hace más y más dilatado, precisa otros géneros para decirse, más allá de la narrativa).

¿Y qué hay en ese pretendido mundo propio literario, a la altura de hoy? Hay una fértil coherencia: del mismo modo que "cómo vivir" es la única pregunta para la que siempre quiero tener pronta la respuesta, "cómo vivir" es el único argumento de mi obra (el embrión de esta idea se lo debo a Gil de Biedma por contraste: él dice que "envejecer, morir" es el único argumento).

Todos mis trabajos últimos, junto a la lectura primaria de la historia en sí que narran, poseen un segundo nivel de significación: hablan o del éxito o del fracaso en el ineludible quehacer existencial de darle a la vida las propias circunstancias. Cómo vivir. Y hay quien lo consigue; y lleva una existencia satisfactoria(Una casa en la orilla de un río, Mientras cenan con nosotros los amigos...). Y hay quien fracasa en el empeño; y se debate en una existencia trágica (Los hijos de Jonás, La señora Lubomirska regresa a Polonia...).

El duro quehacer de aprender el oficio

El arte de comunicar el mundo propio de manera que atraiga, deleite e impacte es un largo y duro arte; que se va construyendo, que se aprende. Yo aprendí "en casa" la riqueza y versatilidad del vocabulario castellano, la concreción y la plasticidad en el decir, la corrección y abundancia de recursos de la sintaxis, la cadencia de la frase, del párrafo, del relato -reminiscencia del decir oral- etc. Luego estudié los géneros, las preceptivas y los modelos. Hasta que supe que la clave del oficio en la arquitectura formal es conseguir darle a cada motivo la forma exacta, única, que le confiere su eficacia artística.

Y así, cuando escribí textos de viaje, expresamente quise romper el epigonato de Viaje a la Alcarria, que se extendía como un cáncer; y modelé otra horma. Cuando abordé los relatos/testimonio busqué para ellos un cauce propio en el que el fluir precipitado de su materia narrativa, como en un torrente, multiplicara el impacto en el desagüe. El paralelismo casi especular y en dramático crescendo del enfrentamiento Montojo-Dewey. El sutil entramado de relatos autónomos hasta elevar la vida en una casa en la orilla de un río a categoría de símbolo de un modo de vivir... La tragedia de los hijos de Jonás, de reminiscencias clásicas y bíblicas, narrada como los cuadros de una exposición o los fotogramas del cine sin voz de Víctor Sjöström. O finalmente, el delirio de la señora Lubomirska narrado en tiempo real.

Cada pieza un reto. Todo lo contrario del refugio en estructuras, mecánicas y ritmos que te han mercado éxito. (Hay un nombre elegante para ese refugiarse en lo seguro: "voluntad de estilo").

Porque en el arte de comunicar el propio mundo, por encima de la voluntad de estilo está el dominio del arte del lenguaje que te posibilita conferirle a cada motivo su propia palabra. Y eso se estudia, se aprende, se suda y se trabaja.